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Harry potter y el prisionero de azkaban, gótica adolescencia

Todavía no recuerdo cómo y cuándo fue que Harry Potter se convirtió en un personaje al que le guardaría especial cariño, simpatía y respeto.
En el presente artículo habré de referirme estrictamente a su aspecto cinematográfico… Pero … ¿por qué no social?, ya que me agrada muchísimo ese agriturismo udine que ronda en el aire y que habrá de reunir al público de todas las edades en los alrededores de las librerías, esperando el lanzamiento de cada reciente edición.
El mismo fervoroso espíritu, colmado de júbilo y misticismo, muy fácil de reconocerlo, porque se viene manifestando desde los últimos años en todos los cines, en los días previos al estreno de alguno de los films del joven mago.
Con una película como “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” se puede percibir el cosquillear de una electrizante emoción que ronda por la sala de cine; es entonces que, en el momento que las luces disminuyen y los adelantos de films culminan, todo parecerá temblar con los armónicos ritmos de una extraña percusión, propia de aquellos corazones fervorosos esperando ver al ahora adolescente practicante de magia convertido en una figura ícono del cine.
Todos los espectadores caerán inmersos en la fascinación desplegada por la única y más poderosa magia. La magia del cine.
La festiva e íntegra liturgia de culto hacia Harry Potter no conocerá fronteras en la niñez, siendo bien recibida por adolescentes y adultos, ansiosos por apreciar parte de las crónicas del joven aprendiz de brujo.
Alfonso Cuarón convertirá al film en una travesía interna para “su” Harry Potter, con la permanente búsqueda de figuras paternas que adoptará para convertirse en el ideal de hombre que desea ser.
Este embrollado Harry Potter no conocerá matices en su carácter, propio de la adolescencia; las cosas para él se tornarán absolutas y apremiantes, llevándolo desde una angustiante y dolosa pena como a una desbordante felicidad.
Harry Potter conseguirá romper en llanto y al instante desatarse en un arrebato contenido, que no lo doblegará ante el absoluto orden de leyes institucionales que él crea injustas; se empecinará para encontrar el modo de desafiar el Orden natural de las cosas y, porqué no, al tiempo. Manifestará la rebeldía (añorada) de la adolescencia para cambiar el orden de los sucesos recientes que le disgusten, haciendo justicia a su modo.
Los sucesos del film presentarán las vísperas a nuevo año escolar en Hogwarts, donde todos los maestros se ven algo inquietos por la noticia de que el peligroso Sirius Black (el siempre memorable y maniático Gary Oldman) ha escapado de Azkaban; el mago fue encerrado allí hace doce años, por ser (en parte) culpable de la muerte de los padres de Harry Potter.
La presencia de Sirius Black atormenta los alrededores de la Escuela de Magia Hogwarts, donde -para continuar con el año lectivo- el devoto director Dumbledore (Michael Gambon) debe aceptar que el consejo de magia envíe la presencia de los terroríficos seres conocidos como Dementors, quienes custodiarán la institución y tendrán una extraña predilección por acechar a Harry Potter y a sus amigos.
Harry Potter habrá de incomodarse con el continuo vociferar de esa murmurada “realidad” mencionada a sus espaldas, por aquellos adultos que pretender alejarlo del dolor de sucesos de un pasado nunca esclarecidos (y con más de un perjudicado) pero es ese “dolor” lo que retumba en el interior del joven de un modo furibundo; que al final de cuentas lo acercará a la verdad.
El realizador Alfonso Cuarón se atreve a empujar el relato a una condición mucho más insidiosa, en la cual, la implícita oscuridad (que no sólo se manifestara en la estética del film) enfatizará la capacidad propia de transgredir aquellas implícitas fronteras de “Inocencia” que erigieron para transitar las entregas predecesoras de la saga, refugiadas en una increíble recreación visual de los ámbitos descriptos en los libros.
Los anteriores films de Harry Potter “hacían un expreso exhibicionismo” de la opulencia y fastuosidad de sus mundos (desde la puesta en escena) y no desde la esencia de los mismo.
En las dos films anteriores no había diferencia alguna entre el más sorprendente Parque Temático y esos magníficos escenarios registrados bajo la dirección de Colombus.
Ahora, la narración de Harry Potter se elevará hacia un nivel más adulto, comprometiéndose con una historia mucho más oscura, propia de un mundo bastante inclemente y atestado de asperezas, las cuales, en una instancia intertextual, habrá de referirse por momentos al angustiante proceso de la adolescencia.
Harry Potter (Daniel Radcliffe) será presentado en este film como un joven que sucumbe ante las ya manifestadas exposiciones de la revolución hormonal de la pubertad.
El Revuelo de las primeras escenas, acercará a un Harry Potter enmarañado, con la capacidad de irritarse y enfadarse, que sumará a su nobleza aventurera el despertar de cierto espíritu desafiante y punzante.
El adolescente revelará una “energía masculina” que emerge de su interior y será simbolizado poéticamente por Cuarón como un segmentación temporal y figurativa (desdoblamiento de su ser, a modo de espejo), en la que cerca del desenlace del film Harry se verá reflejado como su padre.
Este viaje será el primer paso para descubrir su identidad, la meta definitiva de la adolescencia, algo a lo que todos estuvimos expuestos.
Harry aprenderá lo que es un “silencio incómodo” mientras afloran sensaciones en la compañía de la Hermosa Hermione (Emma Watson), quien expresamente juega un fulgurante rol de niña-mujer que de un modo muy femenino develará en la joven Emma Watson los rasgos de esa incandescente belleza y sensualidad, que en pocos años la verán aflorar como una de las mujeres más hermosas del cine (en la línea de bellezas como Kate Beckinsale y Keira Knightley).
Harry y su incondicional amigo Ron Weasley (Rupert Grint) compartirán, con el resto de sus compañeros de Hogwarts, una displicente, jocosa y distendida velada, luego de una jornada de estudio donde claramente se los apreciará como adolescentes con códigos y rituales de pertenencia.
Harry Potter y el prisionero de Azkaban , más allá de la fantasía del relato, logra rescatar esa esencia (poco común) incontrolable de la adolescencia, que por momentos puede de ser excitante, o excesivamente sombría y atormentada.

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Goodbye lenin, que no se entere mamá

UN MELANCOLICO FILM DE WOLFGANG BECKER

“Goodbye, Lenin” es la grata consecuencia de una filmografía local que combina las temáticas del cine alemán contemporáneo -básicamente, la cotidianeidad en los tiempos de la reunificación alemana- con un nuevo estilo narrativo, bastante heterodoxo. Como exponentes fílmicos de esa Alemania una, me vienen en mente “La Despedida” (Abschied von Buckow), de Jan Schütte y “A media escalera” (Halbe Treppe), de Andrea Dresen; y en tanto paradigma de ese cine germano que atraviesa el clasicismo de la narración, no podría dejar de mencionar a “Corre Lola Corre” (Lola Rennt), de Tom Tykwer.
Alguna vez oí decir (fue al profesor Ricardo Parodi) que los artistas alemanes por más que aborden temáticas eminentemente terrenas -y, una vez más, cotidianas-, siempre terminan remontando el cosmos. Indudablemente, esta cinta de Wolfgang Becker no es la excepción a tal ajustadísima expresión. Así, la secuencia que abre el film está dada por un flashback de la infancia de Alex (Daniel Bruhl), el protagonista, que argumenta y pinta la fragilidad emocional de su madre, Christiane (Katrin Sass, con un cierto parecido físico que recuerda a Ellen Burstyn). Dicho flashback, en blanco y negro, ubica a los pequeños hermanos, Alex y Ariane (Maria Simon), frente a un televisor que exhibe el único orgullo de la República Democrática Alemana: la carrera espacial, conquista efectiva de un astronauta que se convertirá en el héroe que Alex y Ariane sabrán atesorar más allá de la infancia; mientras, Christiane recibe la noticia de la huida de su esposo, en compañía de una amante capitalista, hacia la Alemania Occidental.
Continúan los recuerdos de la infancia -relatados aguda y angustiosamente por un joven Alex-, la catatonia emocional de Christiane, la orfandad temporaria de los pequeños, la recuperación materna, y los deseos cosmonautas del imberbe Alex; pero, sobre todo, las segundas nupcias de Christiane: el relato en off de Alex se torna visualmente colorido, e insiste en recalcar que aquélla se ha casado con “su país”, el Estado Democrático Alemán, la patria comunista. Es decir, la sustitución de un patriarcado familiar por el del fatherland; y “si bien la relación no era sexual, ella tenía mucha energía para nosotros, sus niños”. De este modo, llegamos al año 1989 con una madre abnegada que se compromete activamente con la causa comunista y con un hijo cuestionador del aparato leninista que reparte su tiempo entre el trabajo en un taller y el cuidado de su pequeño sobrino, el que -a su vez- no cuenta con un padre presente.
Así, durante una huelga en pro de la libertad de prensa, a la que el mismísimo Alex se une, Christiane asiste al brutal momento en que las cosas se complican y el joven es golpeado y aprendido por la policía; su madre se desploma, abatida por un infarto que la deja en coma por ocho meses. En ese amargo interín, el Muro de Berlín cae y ambas Alemanias se reunifican, a la vez que la Oriental comienza su traumática integración al mercado de consumo pre-globalizante.
Ambos jóvenes celebran la reunificación, obteniendo nuevos trabajos “capitalistas y occidentalizantes”: Alex se transforma en un vendedor e instalador de antenas parabólicas (he aquí la ciertamente cósmica continuidad con sus deseos infantiles) mientras que su hermana se convierte en una complaciente y servicial cajera de Burger King. Sin embargo, sucede lo inesperado: luego de unos cuantos meses, Christiane despierta de su estado comatoso con visibles secuelas de un debilitamiento de sus funciones cardíacas; el doctor de turno prescribe a los muchachos la máxima de las tranquilidades para ella, vaticinando que otro momento emocionalemente shockeante podría llegar a ser fatal.
En este punto, Becker y su guionista (Ben Lightenberg) insertan el conflicto de la trama principal del film: ¿cómo anunciarle a Christiane el fin de la República Democrática y del Tratado de Varsovia, así como el principio del derrumbe comunista?.
He aquí la titánica estrategia de Alex: ocultarle la verdad histórico-coyuntural a su madre, manteniendo el satus quo vigente antes de la enfermedad de Christiane. Para ello, la táctica del joven incluirá un verdadero montaje mobiliario, decorativo y de diseño, gastronómico y mediático…;¡y ni qué hablar del habitual discurso encomiástico partidario!.

 

Por supuesto, Alex logra, aunque a regañadientes, la complicidad de todos cuanto rodean a Christiane. Y es en la “alquímica” elaboración del gran engaño (el living de la casa familiar se convierte en un verdadero laboratorio de transvasamiento orgánico, donde Alex debe re-envasar los nuevos alimentos importados pero en frascos y etiquetas de la Alemania del Este…, si es que puede dar con semejante rarezas…), o en la editable sucesión de mentiras video-televisivas, que podemos encontrar los momentos más divertidos del film, coronados con el recurso de una celeridad que contrasta el status quo impuesto. Y aquí es donde Alex vuelve a observar: “el dormitorio de mi madre resonaba con melodías del ayer”.